viernes, 4 de julio de 2014

LEH. LADAKH

Panorámica de Leh desde la cubierta del palacio
No es nada nuevo: sueño interrumpido a las 2 a.m., estómago vacío, ciudad monstruosa pesada y somnolienta que se niega a despertar para no pasar calor, mente agotada y preclara, avión que se desliza por un valle imposible y cumbres nevadas que enmarcan pequeñas llanuras salpicadas de un intenso verde vida. Son como pequeños corredores de aire entre Himalaya y Karacorum... Oh, eso es el Río Indo. Sorprende comprobar que los accidentes que estudiamos hasta hacer sangre en los atlas existen de verdad. Huele a K2, a Stok Kangri, a Kum, a Num... huele a montañas, huele a Tíbet; incluso está aquí el Dalai Lama al que veremos mañana... Definitivamente ahí afuera hay un campo y nos encontraremos en él.
Por lo demás empieza la aclimatación: pasamos de los 500 m de Delhi a los 3500 de Leh. Pequeños pasos, grandes sueños... algún día fue soñado algo así. Esperando altura nos empaparemos de la tranquilidad que inspira una vida que pasa despacio en busca del silencio que nos ayuda a escuchar nuestra propia respiración y la de los demás.
Leh es difícil de calificar, tal vez mezcla de Katmandú, Kashgar... no sé. Muy reconfortado de encontrarme recorriendo sus calles desordenadas comprobando que el mundo volvió a ser grande: budistas, hinduistas, musulmanes viviendo en el mismo espacio intentando no pisarse. Es bueno.
La mezquita y la llamada del muecín me recuerdan que no estoy tan lejos de Paquistán, otra vez.
Hasta 3600 m. sin salir del pueblo para no hacerse daño. Mucho líquido, cura de sueño y la vista clavada en los penachos que cierran el valle.

Vista parcial de Leh, en el valle del Indo y con el Stok Kangri al fondo

Palacio y monasterio en Leh

Una de las calles principales del centro de Leh

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