Por casualidad, como suelen suceder estas cosas, me encontré con una imagen de las que cortan la respiración unos segundos. Sé que existen este tipo de fotografías, hay personas que tienen la capacidad de mirar, ver y disparar; el resultado es la captura del alma de lo que aparece en la composición y de quien efectuó el disparo. Más allá de la habilidad fotográfica está el don de poder retratar algo tan etéreo como es el espíritu; -Se te ve hasta el alma. Incluso, a veces, pueden resultar obscenas.
"La misión del film no es entretener al auditorio, sino lograr que el auditorio «se sirva a sí mismo». Conmover no divertir. Proporcionar munición a los espectadores…" Sergei Eisenstein.
Steve McCurry ya lo había hecho ("Afghan girl" 1985), no por casualidad, lo hace cada vez que aprieta el botoncito tocado por la mano de los dioses. Es algo así como susurrar a cada disparo: -ve y captúrala para mí.
Aquí podéis comprobarlo: http://stevemccurry.wordpress.com/
Volver a entrar en su mundo me desconcertó e hizo que me preguntara ¿cómo tienes el valor de compartir imágenes tan pobres y faltas de fuerza? No lo sé, no lo entiendo, el mundo va demasiado rápido y trato de no quedarme atrás; necesito mostrar las capturas para que cobren una vida que yo no soy capaz de imprimirle.
Pararse a pensar en el tiempo detenido un instante, recrear la mirada en los sutiles movimientos de lo efímero; la luz vibrando, el movimiento...
Ya estoy echando de menos los universos de Murakami ¿qué será del "hombre carnero", de Yuki, de Yumisyoshi o del protagonista que nos acompañó durante 800 paginas sin saber siquiera su nombre?, ¿qué sería de nosotros?
El duende se remueve inquieto sobre la silla, igual está contagiándose de mi tic ¿sobre qué se sentará cuando regrese a su bosque húmedo?, ¿añorará el mar? No responde, ahora nunca lo hace, sólo me mira.
viernes, 11 de octubre de 2013
jueves, 10 de octubre de 2013
ROCA
Tiene mucho de mar, también desprende su olor característico: humedad, magnesio, sudor...
Son gestos precisos, como en la vida, un milímetro es significativo. No te distraigas, mira el siguiente canto y dirígete a él; así una y otra vez.
La música de la roca se oye monótona si nos paramos a escucharla, es una melodía suave para guerreros que no descansan: visualizar y ejecutar, visualizar y ejecutar...repiten hasta el agotamiento.
¡No, ahora no! ¡Aprieta! Rumores apagados por la falta de oxígeno en los músculos; boca seca, igual que siempre que llega el miedo. Impotente ¡no puedo!...
Durante años fue el verdadero juego. Buceando en las carpetas de un pasado que no para de crecer, encontré momentos congelados y olvidados; tratábamos de bailar sobre las rocas. Seguro que después de miles de imágenes en cientos de lugares, éstas no son las más espectaculares pero llamaron rápido mi atención. ¿El juego terminó?
Valverdín-Pedrosa, San Martín de Teverga, Hoces de Vegacervera y Visuña (Sierra de Caurel). Los sueños están ahí.
miércoles, 9 de octubre de 2013
DREAMING
Soñando hielos, nieves y ventiscas, descubrí esta foto por casualidad el día 28 de marzo de 2013. Es del invierno anterior, cuando cabalgábamos a galope tendido por las paredes heladas sin importar demasiado las ataduras. Si tenemos once minutos vamos allá...
Desde entonces la compartí varias veces y me gusta recrearme en ella, es sencilla, sincera e incluso, es posible, que fuera tomada con el objetivo empañado.
El sudor, de haberlo, que no lo hay; no huele a miedo. El viento trae recuerdos de batallas lejanas en otros continentes distantes sólo en la memoria.
¿Desprende cierta melancolía?
El duende me mira cuando viene esta imagen a mi cabeza. La busco y la pongo; es su camino, en los confines de su bosque húmedo. Los duendes, aunque parezcan despiadados con sus preguntas, son demasiado sensibles para un mundo que pretende ir tan rápido.
También eran sueños de hielo, nieve y ventisca. Desprende melancolía.
Ayer acabé de leer Baila, baila, baila, uno de los pocos libros de Haruki Murakami que quedaban por traducir al castellano. Tres opciones: a) es un libro imposible, b) es realmente malo y c) es un genio y está vivo. La respuesta es evidente, cuando leo los últimos renglones se me saltan las lágrimas, perdón:
"Cuando las agujas marcaron las siete, la mañana de verano se filtró por la ventana proyectando un cuadrado de luz ligeramente deforme sobre el suelo de la habitación. Yumiyoshi dormía profundamente. Le levanté delicadamente el cabello, dejando al descubierto una de sus orejas, y la besé con suavidad. ¿Qué podía decirle?, me pregunté. Había muchas maneras de decir las cosas. Muchas posibilidades, muchas expresiones. ¿Podría pronunciarlas? ¿Conseguiría que mis palabras hicieran vibrar ese aire tan real? Musité distintas frases para mis adentros. Finalmente, elegí la más sencilla.
-Yumiyoshi, ya es de día -susurré."
Vamos con Cometas en el cielo, tengo que salir ya de ese universo porque acabará con nosotros.
martes, 8 de octubre de 2013
CABALOS NA SERRA DO CAXADO
Quería caballos, los quería a toda costa. Los caballos son difíciles de pintar y esculpir...haré una foto de caballos salvajes en su medio, como en el valle de Ayla, la niña cromagnon del Clan del oso cavernario.
No había ningún garañón con la manada; las yeguas me advirtieron con sus relinchos que no me acercara a las crías. Tuve que pasar bastante tiempo sentado en el suelo hasta que se tranquilizaron lo suficiente y empezaron de nuevo a comer. Muchos disparos, una sola imagen; me obcequé con la luz mortecina del atardecer enganchada en las crines.
Serra do Caxado, As Pontes de García Rodríguez. A Coruña.
domingo, 22 de septiembre de 2013
miércoles, 18 de septiembre de 2013
SARA, RAÚL Y EL DUENDE...
Los
veía todos los días, a todas horas y en todos los lugares posibles. En la playa, en el paseo, en la plaza... En bicicleta, en monopatín,
andando... Ninguno de los dos supera los trece años.
Raúl es de un pequeño pueblo costero y Sara va allí de vacaciones con su madre todas las temporadas. Se conocen desde siempre. Crecieron juntos al ritmo de las mareas sin más obligación que ponerse morenos y disfrutar de la vida amparados por la libertad que proporcionan las pequeñas localidades sin peligros objetivos.
Aunque todos los veranos se acababan, por algo que ignoro, éste fue especial para Sara y Raúl; supongo que de alguna manera el paso del tiempo les hizo descubrir sus sentimientos, sus cuerpos...Ahora ya no corretean desnudos por la playa ni hacen castillos de arena; bueno, y si los hacen, son de los que duelen cuando los derriba la vida.
-Es una historia normal ¿verdad?. A mi me lo parece.-
Una noche sin luna salí al balcón como hago siempre antes de acostarme. Encendí un cigarrillo y comprobé que el duende estaba sentado en la barandilla contemplando la noche en silencio. Después del viaje desesperado a los Alpes habla lo indispensable, es más, creo que decidió comunicarse únicamente con su amplio repertorio de gestos elocuentes.
Sólo se oía el murmullo del mar y los ecos difusos de la terraza de algún bar lejano. Era, como suelen ser allí, una noche tranquila en el exterior de mi cabeza.
Bajo el balcón hay un banco que está siempre vacío. Es de esos bancos de colocación absurda que nadie utiliza nunca porque no miran hacia ningún sitio.
Los vi aproximarse en silencio por la acera de enfrente. Comprendí enseguida que algo no iba bien. Sara grita siempre como un demonio y hoy los dos caminaban en silencio, con la cabeza agachada y concentrados cada uno en su inseparable teléfono móvil. En alguna ocasión los observé jugar durante horas en un banco de la plaza; todo eran risas, gestos de complicidad y mimos entre dos personas que traspasaron, sin darse cuenta, el umbral de lo permitido para no sufrir.
Cruzaron la calle y se sentaron en el banco absurdo bajo mi balcón.
Continuaron mucho tiempo en silencio ensimismados en sus móviles. No sé, cinco, diez, quince o veinte minutos sin articular palabra. Sin mirarse. Intentando ignorarse para evitar algún tipo de dolor. De pronto, como no podía ser menos, Sara rompió el silencio.
-Mi madre dijo que estaría todo preparado para salir a las once-.
Raúl levantó la vista del teléfono y la miró. Con la voz encogida por el miedo, respondió:
-¿Quieres que me asome a despedirte desde la esquina?. -
-Sara hizo un movimiento negativo con la cabeza. Estaba segura de que él estaría igualmente viendo como se iba escondido detrás de las cortinas del salón de su casa.
Necesité sólo dos frases para entender lo que estaba pasando. Tenía un dolor imposible bajo mis ojos. Recogí las cosas del balcón y me dispuse a entrar; ni debía, ni quería escuchar el resto de la conversación.
Miré al duende, que con un sutil ademán, me indicó que me quedara. No me gustó pero accedí en el momento que empezaba a sonar en mi cabeza el arpa de Loreena McKennitt.
Después de otro silencio interminabe, Sara preguntó con la voz ahogada por las lágrimas:
-¿Vas a seguir queriéndome, te vas a olvidar de mí...?.-
Fue suficiente para hacerme entrar cerrando la puerta sin hacer ruido. Esos son momentos mágicos que pertenecen sólo a dos personas y, en algunas ocasiones, a dos personas y a un duende.
Cuando tuve todo dispuesto para meterme en la cama, el duende del bosque húmedo de Pirineos preguntó:
-¿Crees que cumplirán todo lo que se prometan?-.
Desde que hiciera su gesto para que me quedara tenía muy claro que aquella jornada no acabaría sin una pregunta despiadada. Dudé la respuesta, poniendo cara de fastidio, respondí alto y claro:
-Me gustaría dormirme pensando que sí...-.
Algún tiempo después mientras fotografiaba gaviotas al atardecer encontré a Raúl sentado en un banco del paseo del mar. En el mismo banco de siempre; aquel en el que compartía los lentos atardeceres de verano con Sara. Pasaran ya dieciséis días desde aquella noche y la luna volvía a estar casi redonda como una galleta. La escena era simple y repetida; una figura menuda con la cabeza inclinada sobre un teléfono móvil que ni siquiera levantó la vista cuando pasé frente a él. El tiempo pasa y caminamos inexorables hacia otro verano ¿serán capaces de resistir los colores del otoño, unas Navidades, una Semana Santa y... una primavera llena de sol?, ¿los cumpleaños de cada uno en su rincón?, ¿las largas noches de lluvia?, ¿los exámenes?...-.
-¡Qué tontería! Acabo de recordar sus cartas hablándome de cómo iba en los exámenes. ¿Cuántas estaciones se sucedieron desde entonces? Y la vida ¿cuántas vueltas dio la vida? Bueno, a todo esto, yo sólo fui una pequeña parte... Desde luego no sabíamos lo que podíamos llegar a ser y mucho menos lo que podíamos llegar a destruir.-
Raúl es de un pequeño pueblo costero y Sara va allí de vacaciones con su madre todas las temporadas. Se conocen desde siempre. Crecieron juntos al ritmo de las mareas sin más obligación que ponerse morenos y disfrutar de la vida amparados por la libertad que proporcionan las pequeñas localidades sin peligros objetivos.
Aunque todos los veranos se acababan, por algo que ignoro, éste fue especial para Sara y Raúl; supongo que de alguna manera el paso del tiempo les hizo descubrir sus sentimientos, sus cuerpos...Ahora ya no corretean desnudos por la playa ni hacen castillos de arena; bueno, y si los hacen, son de los que duelen cuando los derriba la vida.
-Es una historia normal ¿verdad?. A mi me lo parece.-
Una noche sin luna salí al balcón como hago siempre antes de acostarme. Encendí un cigarrillo y comprobé que el duende estaba sentado en la barandilla contemplando la noche en silencio. Después del viaje desesperado a los Alpes habla lo indispensable, es más, creo que decidió comunicarse únicamente con su amplio repertorio de gestos elocuentes.
Sólo se oía el murmullo del mar y los ecos difusos de la terraza de algún bar lejano. Era, como suelen ser allí, una noche tranquila en el exterior de mi cabeza.
Bajo el balcón hay un banco que está siempre vacío. Es de esos bancos de colocación absurda que nadie utiliza nunca porque no miran hacia ningún sitio.
Los vi aproximarse en silencio por la acera de enfrente. Comprendí enseguida que algo no iba bien. Sara grita siempre como un demonio y hoy los dos caminaban en silencio, con la cabeza agachada y concentrados cada uno en su inseparable teléfono móvil. En alguna ocasión los observé jugar durante horas en un banco de la plaza; todo eran risas, gestos de complicidad y mimos entre dos personas que traspasaron, sin darse cuenta, el umbral de lo permitido para no sufrir.
Cruzaron la calle y se sentaron en el banco absurdo bajo mi balcón.
Continuaron mucho tiempo en silencio ensimismados en sus móviles. No sé, cinco, diez, quince o veinte minutos sin articular palabra. Sin mirarse. Intentando ignorarse para evitar algún tipo de dolor. De pronto, como no podía ser menos, Sara rompió el silencio.
-Mi madre dijo que estaría todo preparado para salir a las once-.
Raúl levantó la vista del teléfono y la miró. Con la voz encogida por el miedo, respondió:
-¿Quieres que me asome a despedirte desde la esquina?. -
-Sara hizo un movimiento negativo con la cabeza. Estaba segura de que él estaría igualmente viendo como se iba escondido detrás de las cortinas del salón de su casa.
Necesité sólo dos frases para entender lo que estaba pasando. Tenía un dolor imposible bajo mis ojos. Recogí las cosas del balcón y me dispuse a entrar; ni debía, ni quería escuchar el resto de la conversación.
Miré al duende, que con un sutil ademán, me indicó que me quedara. No me gustó pero accedí en el momento que empezaba a sonar en mi cabeza el arpa de Loreena McKennitt.
Después de otro silencio interminabe, Sara preguntó con la voz ahogada por las lágrimas:
-¿Vas a seguir queriéndome, te vas a olvidar de mí...?.-
Fue suficiente para hacerme entrar cerrando la puerta sin hacer ruido. Esos son momentos mágicos que pertenecen sólo a dos personas y, en algunas ocasiones, a dos personas y a un duende.
Cuando tuve todo dispuesto para meterme en la cama, el duende del bosque húmedo de Pirineos preguntó:
-¿Crees que cumplirán todo lo que se prometan?-.
Desde que hiciera su gesto para que me quedara tenía muy claro que aquella jornada no acabaría sin una pregunta despiadada. Dudé la respuesta, poniendo cara de fastidio, respondí alto y claro:
-Me gustaría dormirme pensando que sí...-.
Algún tiempo después mientras fotografiaba gaviotas al atardecer encontré a Raúl sentado en un banco del paseo del mar. En el mismo banco de siempre; aquel en el que compartía los lentos atardeceres de verano con Sara. Pasaran ya dieciséis días desde aquella noche y la luna volvía a estar casi redonda como una galleta. La escena era simple y repetida; una figura menuda con la cabeza inclinada sobre un teléfono móvil que ni siquiera levantó la vista cuando pasé frente a él. El tiempo pasa y caminamos inexorables hacia otro verano ¿serán capaces de resistir los colores del otoño, unas Navidades, una Semana Santa y... una primavera llena de sol?, ¿los cumpleaños de cada uno en su rincón?, ¿las largas noches de lluvia?, ¿los exámenes?...-.
-¡Qué tontería! Acabo de recordar sus cartas hablándome de cómo iba en los exámenes. ¿Cuántas estaciones se sucedieron desde entonces? Y la vida ¿cuántas vueltas dio la vida? Bueno, a todo esto, yo sólo fui una pequeña parte... Desde luego no sabíamos lo que podíamos llegar a ser y mucho menos lo que podíamos llegar a destruir.-
viernes, 13 de septiembre de 2013
SE VA
Atardecer abajo, camino sobre el mar verde.
Quisiera no estar allí coleccionando atardeceres impensables.
No es un secreto, el mar lo repite a voces.
Desde luego, verdes como el agua del mar...
Siempre los eché de menos, siempre.
Ahora ya importa.
Una mirada atrás y eres pura piel...
Quisiera no estar allí coleccionando nieve,
viento, lluvia, lágrimas, sueños.
A mí también me gusta ver como se va.
No, se irá sin nosotros con un estremecedor silencio.
Quisiera no estar allí coleccionando atardeceres impensables.
No es un secreto, el mar lo repite a voces.
Desde luego, verdes como el agua del mar...
Siempre los eché de menos, siempre.
Ahora ya importa.
Una mirada atrás y eres pura piel...
Quisiera no estar allí coleccionando nieve,
viento, lluvia, lágrimas, sueños.
A mí también me gusta ver como se va.
No, se irá sin nosotros con un estremecedor silencio.
jueves, 12 de septiembre de 2013
martes, 10 de septiembre de 2013
LA ISLA SECRETA
...ya no es secreta desde este amanecer. Me gustan los amaneceres, siempre tienen algo de inquietante intimidad.
domingo, 8 de septiembre de 2013
UN PETIT CADEAU
Coleccionistas de atardeceres irreales.
Yo también esperé...no tenía otra cosa que hacer.
Desde la tienda roja, allí arriba.
Quiero y no puedo, los ojos se niegan...fue el duende.
Yo también esperé...no tenía otra cosa que hacer.
Desde la tienda roja, allí arriba.
Quiero y no puedo, los ojos se niegan...fue el duende.
L'ARGENTIÈRE
Juego peligroso. Sudor con olor a miedo. Demasiados días sin bajar al valle; no podía. Estoy cansado, dolorido, indeciso...tengo que volverme. Esa misma noche, un crampón mal colocado en la mochila mal hecha, me arrancó de cuajo la uña del dedo meñique de la mano derecha. La uña ahora ya está curada pero yo sigo pensando lo mismo.
Soñé que soñábamos juntos en las montañas de los sueños...no pudo ser.
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